Game of Thrones y un capítulo que redefine cómo hacer televisión

Por Juan Francisco Barrera @cine.365


Ayer atestiguamos el fin de la televisión como la conocemos. Dejó de ser la hermana menor del cine, el lugar donde no tenían cabida las grandes epopeyas. A Game of Thrones le bastaron 88 minutos para romper todos los paradigmas de la pantalla chica e iniciar una nueva era. Presenciamos historia.


El súbito salto de Arya cuando el Rey de la Noche se prestaba para asestar su golpe, el ágil movimiento de manos, la estocada precisa; también fue un cierre. Durante siete temporadas se preparó la más pequeña y fiera de los Stark para tal cúlminemomento. Ella no lo sabía, nosotros tampoco. ¡Ni siquiera Maise Williams! Pero sucedió, y las claves estuvieron allí todo el tiempo, incluso minutos antes del desenlace. Como siempre, nos engañaron hábilmente con su magnífico arte y la excelsa forma que tienen para contar historias.


Había tanto por qué preocuparse que nos olvidamosde la escurridiza Arya. En una vuelta de tuerca magistral, Jon quedó relegado a un plano secundario, haciendo las estupideces que últimamente no deja de hacer, y fue la escurridiza asesina quien le puso fin a la Muerte encarnada. Porque precisamente eso es el Rey de la Noche: la muerte que no necesita propósitos ni explicaciones. Solo sucede. Es la naturaleza en sí a la que enfrentó Arya… y ganó.


Game of Thrones eleva su vara cada temporada que nosotros mismos demandando más y más, sin ponernos a pensar que cada capítulo de esta serie es una anormalidad. No se supone que la televisión sea tan grandiosa cada domingo; no deberíamos estar acostumbrados a la magnificencia que nos entregan D.B Weiss, David Benioff y cada una de las personas que le dan vida a este drama.


Reflexionando, aquella es la única explicación para que nos encontremos deseando más muertes, pese a que ayer sufrimos la pérdida de seis personajes recurrentes. SEIS. Busqué incesantemente y solo encontré un drama que entregue semejante número de víctimas en un episodio… adivinen cuál es.


Somos adictos a Game of Thrones y liberamos dopamina a punta de sorpresas y muertes. Sin embargo, nos han dado tantas que cuesta satisfacernos. Y es allí cuando perdemos el contexto y no nos damos cuenta que estamos siendo parte de la épica absoluta, de lo más grande que la TV ha visto jamás.


Lo de ayer fue sin precedentes y llenó mis expectativas a cabalidad. Nunca había tiritado tanto como lo hice durante La Larga Noche. Durante una hora y 22 minutos viajamos a través de incontables géneros: bélico, suspenso, survival horror, drama, fantasía. Un trabajo insondable de Miguel Sapochnik, que manejó la cámara con maestría y nos dio tensión en cantidades insuperables.


No se desperdició ningún segundo y cada personaje tuvo su momento para brillar. Qué decir de nuestra Lady Osita, Lyanna Mormont, que redefinió el concepto de Girl Power con aquella siniestra aunque sublime muerte. La aniquilación de los Dothraki, la valentía de los Inmaculados. El sacrificio de tantos héroes por sus amigos y seres queridos. La absoluta devoción por la vida, el indispensable deseo de redención… nos lo dieron todo.


Y cómo no: esos 10 minutos finales de arte puro, con el piano y los violines de Ramin Djawadi in crescendo, anunciando el desenlace para bien o para mal. El juego con la cámara lenta, la legión de Caminantes Blancos secundando a su Rey, Theonexpiando sus pecados. Y el salto final, el fin del ciclo, la Muerte que deberá seguir esperando. Porque hoy no.

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