Game of Thrones: La Reina de las Cenizas

Por Juan Francisco Barrera @cine.365


La venganza es distinta al genocidio; el desconsuelo, a la locura. Ayer Daenerys Targaryen, la Primera de su Nombre, Madre de Dragones y Achicharradora de Inocentes, giró hacia la insania para no volver jamás. Desató su furia y no discriminó entre aquellos que le hicieron la vida de cuadritos y los habitantes que nada tenían que ver con el Juego de Tronos. Hizo llover fuego en King's Landing para terminar convirtiéndose en aquello que siempre evitó: en la Reina de las Cenizas. The Mad Queen Theory fullfilled.


Y aquí, como espectadores, debemos tomar una decisión. O nos compramos eso de que la locura solo necesita un mal día, o criticamos a los guionistas por un mal desarrollo del personaje. Personalmente opto por lo segundo. 


Como dije al principio: la venganza es distinta al exterminio. La primera tiene sus objetivos claros, la segunda es indiscriminada. Me cuesta creer que Dany, quien siempre abogó por los desventajados, asesinara sin compasión a madres e hijos solo para hacer una declaración de principios. Seamos serios: lo que separa a la razón de la demencia no es una línea delgada que puede borrarse en tres capítulos y ya. Requiere tiempo, desarrollo, y una gran cantidad de antecedentes. Es facilista crear un personaje que se robe la mayoría de los corazones y luego darle la vuelta a la tuerca en pos de un golpe de efecto. Que sea impactante no quiere decir que sea bueno si es que no hay una historia detrás que le sustente.


Ahora bien, no me atrevería de ninguna manera a llamarlo un sinsentido, porque como se ha enumerado en infinitas oportunidades, los antecedentes están. "¿Pero cómo, si acabas de decir que no hay?". Los hay, pero no son suficientes. Lo comenté la semana pasada: Dany nunca fue santa de mi devoción. Es inmadura, tiránica, propensa a exterminar a quienes no piensan como ella (como todos en aquel mundo), y si no fuera por sus tres dragones estaría ganándose el pan en un burdel de Pentos. Sin embargo, sus arrebatos, esa crueldad inherente que en ocasiones dejaba salir, siempre fue dirigida y concentrada en quienes, de una u otra manera, se lo merecían. En siete temporadas nunca atacó a un inocente; ayer mató a un millón.


Y cómo no: el factor hereditario. Ser parte de una familia incestuosa alguna consecuencia debe traer. El problema reside en que uno de los grandes temas de GOT es el de los hijos intentando separarse de sus padres. Con Dany volviéndose loca como Aerys II la serie ahora nos dice: “Hey, cabrón, no puedes hacer nada, estás cagao". Y eso de que cada personaje forja su camino, a la basuea


Este episodio por sí solo no tiene la culpa del descalabro. Miren que se podría haber convertido en mariposa, o haber declarado que ahora quiere ser hombre, y hubiese estado bien, y no pasaba nada, si tuviese capítulos anteriores que la respaldaran. Lo que presenciamos ayer fue una pieza cinematográfica de una calidad tremenda, con Miguel Sapochnik dejando en claro que lo suyo es la TV. Si pensamos que en La Larga Noche habíamos presenciado la definición de miedo, en Las Campanas nos volvió a dar una cachetada en la cara. 


Fue maravilloso de principio a fin. Desde la muerte de nuestro querido (aunque abandonado) Varys, pasando por la emotiva despedida de Tyrion y Jaime (quedé en shock con la actuación de Peter Dinklage), el épico Cleganebowl, hasta la muerte de Cersei. Fuimos parte de una ciudad a que le caía el infierno desde arriba. Estuvimos allí, en el caos absoluto, viviendo la masacre que en televisión tomaba forma gracias a una fotografía sobresaliente y una banda sonora que abruma. Por sí solo, uno de los mejores capítulos de la serie.


No diría que me siento decepcionado. Nunca me interesó ver a Dany en el Trono de Hierro. Si tenía que volverse demente, pues nada. No obstante, ojalá no hubiera sucedido con tanta premura. Le quita fuerza al llamado a ser uno de los mejores finales de la historia. 

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